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viernes, 13 de mayo de 2016

CRÓNICAS DEL BÚHO.


    “La danza de la sangre”

     Capítulo 5

-Deberíamos avisar a la policía –dice el nuevo.
-La policía no puede hacer su trabajo en estos momentos, demasiado para ellos –confirmo-. Para eso estoy yo aquí. –Ve cómo saco mi navaja de la bota y la clavo encima de una mesa que, previamente, hemos puesto al derecho. El hombre da un respingo y se retira.
 No todas las botellas de whisky se han roto, y la chica, de cuyo nombre no quiero acordarme, o no sé si me lo ha dicho, me está sirviendo uno.
-Aquí tienes –me dice.
-Tres hielos. Perfecto . –Doy un buen trago, mi paladar lo saborea y después dejo que baje por la garganta, acariciándola con ardor.
-Además de mover el cuerpo sabes mover bien las manos –digo-. Buena copa.
-Dime –le digo al hombre-. ¿Cómo era lo que te atacó?
-¡GIGANTE! –Se incorpora para decírmelo-. ¡ASÍ DE GRANDE! –Extiende los brazos en su totalidad, como un niño de cinco años refiriéndose a lo grande que es su juguete-. ¡ERA UN BICHO ENORME!
-Como yo lo relaté –dice…
-¿Cómo te llamabas? –pregunto a la chica.
-Suxy –confirma -. ¿Por?
-Simple curiosidad.
-Ok.
-Entonces… -sigo-. El bicho enrome entró aquí, mató a todos y te atacó a ti. ¿Cierto?
-Si sí sí, señor –No deja de estar nervioso.
-Entiendo.
-¡TODO SE CUBRIÓ DE SANGRE! ¡TODO ABSOLU…!
-Eso ya me lo sé –le interrumpo-. ¿Cuánto hace que salió por la puerta?
-No sé, señor… -Piensa-. Como unos veinte minutos o así, más o menos.
-Esta…
-Suxy.
-Eso es –digo-. Suxy y yo llevamos aquí diez minutos.
-Sí, así es.
-¿Y sabes por qué entramos?
-No. Ni idea.
-Porque mis tímpanos casi se revientan después de escuchar un aullido más gigante que el bicho que dices que te ha atacado, por eso mismo.
-¡Y bien que hizo! –Vuelve a gritar-. Casi me mata.
-¿No te enteras de lo que quiero decirte? –le pregunto. Suxy deja caer la botella de whisky que tiene entre sus manos. Creo que ella sí lo ha pillado.
El hombre parece aturdido. No responde.
-Yo… yo… yo.
-Tú.
-Yo… ¡Síiii!
Coge la navaja, salta y atrapa a Suxy. Yo me incorporo con la pipa cargada.
-Suéltala. ¡Vamos! –Le apunto.
-No, no, no –ríe-. Ahora es mía.
-Aquí no hay nada tuyo, maldito licántropo.
-¿Qué? –Es Suxy quien lo pregunta, alarmada.
-Un licántropo inútil –sigo diciendo-. De treinta personas sobrevive él; lleva la ropa destrozada, y para colmo, miente en la hora que supuestamente debería haber abandonado el local, solo que no lo hizo. Es él.
-¡Sí! –afirma. Sostiene a la chica por el cuello, y con la otra mano empuña la navaja, amenazándola para clavársela.
-Cuidado, es muy delicada –afirmo.
-¡Y muy joven para morir!
-Me refiero a la navaja, Suxy.
-¿Qué?
-Venga, baja el arma. No me temblará el pulso a la hora de disparar.
-¡No me importa! ¡Estoy harto de la vida! –dice el bicho canijo-. ¡Ya he cumplido mi venganza!
-¿Qué venganza? –pregunto.
-Todos esos que ves muertos, no son más que timadores. ¡ASQUEROSOS TIMADORES! Me arruinaron la vida con el juego. Ahora los he mandado al lugar que merecen.
-Y, ¿para qué juegas si no sabes? –vuelvo a preguntar.
-¡No le pongas nervioso, Silencio! –grita Suxy-. ¡Quítamelo! Está cerca de la calle, ¡y es luna llena!
-No me hace falta la luna –afirma-. Llevo años convirtiéndome, y he aprendido a hacerlo sin necesidad de ella.
-Suelta a la chica, vamos.
El hombre lobo (esmirriado ahora) comienza a reír. Es una risa escandalosa, y no me da buena espina.
Veo cómo sus brazos se ensanchan. De repente pasan de ser esqueléticos huesos a unos bíceps rollizos. Su vello se eriza, acompañado de una buena capa de pelo. Sus dientes relucen y se agrandan, al mismo tiempo que su mandíbula sobresale. Su risa ya no es tal, sino un rugido molesto para mis oídos. Le cambian los ojos, achicándose la pupila, creándose una pieza romboide y amarillenta.
-¡Silencio! –me grita Suxy, asustada.
-No es hora de callar, sino de dar muerte.
Disparo antes de que termine de transformarse. Hago diana en la mitad de su única ceja bien poblada, y la separo como se separa el resto de su cráneo. Veo cómo le sale un escupitajo de sangre por la parte de atrás, por el orificio de salida. Sus ojos quedan blancos antes de suspirar, trastabillar y caer muerto al suelo. Se desploma como un saco de patatas.
La chica corre hacia mí, y lo hace gritando.
-Ya, ya. Menos gritos, Milagritos. Ya todo pasó.
-¿Está muerto de verdad? –me pregunta.
-Sí.
Lo miro. Vuelve a ser el canijo enclenque del principio. Ni rastro de la bestia.



Capítulo 6

            -¿Ves como no era para tanto? –le digo a la chica. A continuación enciendo un cigarro.
            -Tenías razón –me dice-. Al final resulta que sí eres duro.
            Me mira con ojos golosos. Yo no la miro a ella, sino al reloj.
            -¿Tienes prisa? –me pregunta.
            -Pues sí. Ese búho tarado tiene que pagarme el servicio.
            Parece algo triste.
            -Claro que…
            -¿Qué? –pregunta, ilusionada.
            Doy una calada al cigarro y respondo:
            -Siempre hay tiempo para tomar una copa. Lo único que aquí será imposible. No sé si lo sabes, pero te has cargado la única botella de whisky que quedaba en el bar.
            -Mi casa está cerca –Esboza una sonrisa tonta y me mira con ojos brillantes, como dos manchas de aceite.
            Tiro el cigarro y respondo:
            -Eso me gusta más.
       
             

CIERRE DEL CASO.

El detective Jonathan Silencio se apersonó en la comisaría a notificarme de los resultados de su investigación, que ni fue tal, ni leches, pero el tío se las dio como que había hecho un trabajo excelente.

Me informó que el culpable había muerto después de atacar a la pobre Suxy, ¿un hombre lobo?, ¿en serio?, ya ni discutir, me conformaba con el hecho de que no fuera un alienígena.

Claro que después de escuchar el precio del señor, casi quería que bajara una nave extraterrestre y me llevara lo más lejos posible. Casi me atraganto con el café. ¡Este tío está loco! 5000.00€, pues ni que hubiera matado a King Kong.

Le informé que no tenía esa cantidad, a lo cual me respondió con mucha altanería que no tenía inconveniente en cobrarse de otra manera, apenas iba a responder que podía ir a amenazar a su m…. cuando el Sargento Pérez hizo de las suyas, “recordándome” la caja chica para emergencias.

Ya no sabía a quién meterle un tiro, si al tal Silencio por chulo o a Pérez por idiota. Para resumir, el detective salió forrado del pueblo; yo le pegué una trompada a Pérez, y teníamos un problema menos.

Si solo hubiera sido ese problema, quizá no estaría escribiendo esto…

Nuestro agradecimiento al escritor José M. Bartolomé, por haber "prestado" a su personaje para este relato. 

Sus publicaciones:


Sus libros de venta en: Amazon



miércoles, 11 de mayo de 2016

CRÓNICAS DEL BÚHO.

"La danza de la sangre"

          Capítulo 3

La nena sigue muda. Su boca vuelve a abrirse, pero esta vez de asombro. No deja de mirarme.
            -Silencio… ¡Jonathan Silencio! –grita. Enciendo un cigarro mientras dejo que hable-. He oído hablar de ti.
            -Espero que bien. –Cierro el mechero con un ligero movimiento de dedos y expulso el humo de la primera calada; llega hasta ella, momento en que lo rechaza con un poco de tos. Mueve las manos varias veces como si se viese aprisionada por un ejército de abejas asesinas que intenta apartar.
            -Tampoco he oído hablar mucho –Entrecierra los ojos; pero lo suficiente, ya que el humo se evapora casi al instante -, solo un poco.
            -Me parece bien –respondo; carraspeo y me pongo en marcha. La chica viene detrás de mí.
            -Pe…ro sé que eres bueno, un tipo duro.
            No respondo.
            -Oí que conseguiste vencer a un montón de…
            -¿Dónde viste al peludo? –la interrumpo.
            -¿Eh? –Se asombra. Espera más de mí, tal vez un “gracias, tía. Me halagas”. No tengo tiempo.
            -En mi bar –responde al fin.
            -Ah. Tienes un bar… -Doy una nueva calada-. Amo el whisky, ¿lo sabes?
            -Eh… no, no tenía ni ide…
            -Entonces no has oído hablar mucho de mí.
            -Quiero decir que… ¡Por favor! –se desespera-. Tío, acaban de volar la cabeza a mordiscos a unos cuantos delante de mí. ¿Crees que tengo tiempo para recordar todo de ti?
No sé por qué, pero sus gritos me encantan. Una mujer al borde del ataque de nervios siempre es excitante.
-¡Te he dicho que una cosa enorme ha entrado y ha…!
-¿Dónde está el garito? –La vuelvo a interrumpir. No dice nada por unos segundos, solo se limita a morderse el labio inferior, gesto con que ahoga su rabia; después levanta el brazo derecho pesarosamente, como si estuviese dormida y su miembro flotase en el aire, sin fuerza. El dedo índice de su mano señala al fondo. Giro la cabeza, doy otra calada y lo observo.
-¿Esas luces que se encienden y apagan? –pregunto.
-Sí.
-Manos a la obra.
-¡No puedes ir allí! ¡Te matará! –me grita. No hago caso y continúo mi camino.
-¿No me estás oyendo? –insiste-. ¡Esa cosa te arrancará la cabeza de cuajo con un solo manotazo!
-Y tú sentirías mucho mi pérdida, ¿verdad, muñeca?
-¡¿Qué?! –Viene detrás de mí-. ¡¿Qué estás diciendo?! Por favor, ¡no seas creído! ¡No me importas, solo te advierto que eso es una bestia!
-No sabes lo bestia que puedo llegar a ser –respondo-. Eso tendrá mucho pelo y ruge con fuerza, no te lo discuto; pero perro ladrador poco mordedor, por muy grande que sea. Yo soy más duro.
-¡Te va a hacer picadillo! –Se escandaliza. No tengo ganas de mirar atrás, pero estoy seguro que la vería ruborizada en cólera y con las venas del cuello a punto de estallar.
Noche de sangre, no hay duda.
-¡Te reducirá la cabeza!
Sigo caminando.
-¡Te desmembrará!
Sigo caminando.
-Te… ¡Hará que te desangres!
Sigo caminando.
-Te… te… ¡Hará que calles para siempre!
-Siempre voy callado –respondo sin mirar atrás-. Recuerda que soy Silencio.
-¡Eres un chulo idiota! –vocifera.
-Yo también te quiero, princesa.
Sigo caminando.

  *****

 Dejo de sentir sus pasos detrás de mí. La he dejado rota con mi última respuesta. Suele pasarme muy a menudo. Ya estoy acostumbrado.
-¡Espera! –me grita. Vuelvo a sentir sus pasos; esta vez, en carrerilla -. No me dejes sola.
-Creía que era un chulo idiota y no querías saber nada más de mí –digo sin mirar atrás.
-¿Eh? –La dejo aturdida, sin respuesta rápida-. ¡Calla! Me estás poniendo nerviosa.
-Eso me gusta.
-¡Oh, cállate ya! –casi suplica. Corre un poco más. Mi paso ligero hace que ella se esfuerce por mantener mi ritmo-. No me dejes sola.
-Lo siento, pero no me gusta trabajar acompañado.
-Tengo miedo –Su voz es más débil, como con ganas de echarse a llorar de nuevo.
-Dame unos minutos –digo y doy la última calada al cigarro. Cada vez son más caros pero más pequeños-. En poco tiempo esa bola de pelo pasará a la historia.
La chica tarda unos segundos en responder. Sé lo que piensa; no puedo entrar en su mente pero apuesto lo que voy a ganar a que sé lo que está pensando, y es: “eres un chulo creído. ¡Sigues empeñado en matarlo y no tienes nada que hacer contra él!”
-Eres un chulo creído. ¡Sigues empeñado en matarlo y no tienes nada que hacer contra él!
-Lo sabía…
-¿Eh? ¿Qué sabías? –Sigue sorprendida. No entiende nada.
-Haces muchas preguntas.
-¡Solo te estoy advirtiendo! –vuelve a gritar-. El pueblo ha sido atacado por algo desconocido. Es un lugar tranquilo, pero hoy ha llegado a mis oídos que algo asesinó al dueño de la panadería; su mujer, atacada, se lo explicó al sargento Pérez, un tarado.
»Al principio pensé que la vieja alucinaba. Está loca perdida, cosas de la vejez; pero decía la verdad. –La escucho aunque no la mire-. El comisario encontró el establecimiento lleno de sangre, y… y el cadáver del dueño, medio irreconocible.
»Se lo escuché decir a unos clientes, pero no lo he creído hasta que lo he visto con mis propios ojos, y sentido. Ha sido… -Se detiene, tanto en voz como en paso. Yo sigo adelante-. … ¡HORRIBLE! La puerta del bar reventó, ¡entonces delante de mí vi a una cosa de casi dos metros que apachurró a los clientes sin ningún tipo de esfuerzo! ¡LLOVÍO SANGRE! ¡DE CADA GRITO MANABA SANGRE A BORBOTONES! El bar se tiñó de rojo… ¡NO ENTRES O TÚ SERÁS EL SIGUIENTE!
Me dice eso porque me hallo enfrente del bar. Es un garito similar a las casas descritas en mi camino, no se diferencia de ellas en casi nada, a excepción de que aquí, en un viejo letrero, puede leerse: “ C NTEO”. La “A” que le falta pende en un hilo. Tiene ganas de caer, como caerá el monstruo.
-¿Este es tu bar? –pregunto.
-No es mi bar –afirma-. Trabajo en él.
-Así que camarera… Ideal para que me sirvas un buen whisky.
-Gogó; soy gogó.
Me abstengo de hacer comentarios. Lo único que tengo por seguro es que el whisky no me lo podrá servir.
-Hora de entrar –digo como a unos cinco metros de la puerta.
-¡NO LO HAGAS! –La chica sufre un ataque de pánico. Sus ojos parecen salirse de sus órbitas, bien grandes pero respaldados por esa gruesa capa de tinta barata. Lleva las uñas a la boca y las mordisquea, histérica; a la vez, dobla las piernas como si acabase de recibir un fuerte puñetazo en el estómago.
-Demasiado tarde para echarse atrás –añado-. Es mi trabajo.
La joven no parece muy contenta con la respuesta. Me ve acercarme y lo impide por todos los medios.
-¡No! –Se coloca delante de mí, con las manos en cruz y las piernas abiertas; después, repite el “no” con la cabeza.
-Aparta. No me entretengas,
-No puedes entrar. Si lo haces me obligarás a entrar contigo.
-¿Eso por qué? –pregunto, curioso.
-Porque me aterra quedarme sola –Aflora una lágrima de su ojo derecho; a continuación, la sigue otra en su compañero de visión. Sus labios tiritan intentando reprimir el llanto.
-Cuanto antes me dejes pasar, antes acabará todo –digo con la esperanza de no tener que apartarla de un empujón.
-No. ¡No, por favor! –Llora; ya no se molesta en contener las lágrimas-. No puedes de…
En medio de la frase, cuando la chica me está suplicando que no la deje sola –o eso parece querer decir- un grito agudo, no humano, similar a un motor de gasolina alojado en la garganta, nos sorprende a ambos. La chica da un respingo y se lleva las manos a la boca; yo me pongo en guardia. Sé que el monstruo está dentro.
-¡No entres no entres no entres no entres…! –repite constantemente.
No hago caso, empujo la puerta y me adentro en la boca del lobo (y nunca mejor dicho).

Capítulo 4

Desplazo la vista a derecha e izquierda, rápido pero seguro, igual que si mis ojos fuesen la luz de un faro en la costa. Acto seguido, me veo en la obligación de bajar la mirada, sin pensarlo, tan solo urgida a hacerlo por lo que capta en su campo de visión. Durante mi vida he podido presenciar imágenes terroríficas, gritos alojados en mi cabeza, provenientes de la angustia humana. Pero esto…
Escucho una especie de eructo aguado, y no me hace falta mirar para convencerme de que la chica está vomitando a mi espalda. No es para menos, ya que el suelo es una marea roja, con salpicaduras extensas similares a varios botes de pintura acrílica repartidos por el piso, y tropezones humanos: brazos amputados, en solitario, alguno de ellos con los dedos agarrotados, sin tiempo de atrapar a su atacante antes de morir; una pierna rígida dentro de un vaquero holgado, lo que hace sobresalir un diminuto pie descalzo. A escasos centímetros de este, un zapato teñido de sangre. Nada de esto me llama tanto la atención como el ver dos cuerpos decapitados y en extrañas posturas. Los dos cargan el peso del tronco sobre los brazos, como un portero de fútbol que aterriza en el suelo después de lucirse con una palomita magistral; las piernas cruzadas la una con la otra, y la carencia de cabeza se antoja ante mí como un efecto óptico muy macabro.
Sobre los hombros se conserva todo, tíos; y a vosotros os lo han arrancado de cuajo, sin miramientos…
Hay ropa suelta repartida por la marea, y solo falta que flote para hacer todo más aterrador. Las tres mesas del garito patas arriba, alguna de ellas coja; trozos de vidrio en forma de pequeños triángulos, y una botella de Jack Daniel´s hecha añicos.
La chica sigue vomitando, pero no presto atención. Tengo que encontrar a la bestia, y por lo que puedo ver, aquí no está. El maldito ha escapado por la puerta trasera.
-Ter… mi na con (buag) –Intenta decirme algo, pero el vómito cobra protagonismo.
-Termina con…él –consigue decirme mientras se enjuga la boca con la palma de la mano -. Mátalo, te lo su…plico.
-¿En qué quedamos? –respondo preguntando-. ¿No decías que yo solo no podría?
-Encuéntralo y mátalo –Elude mi pregunta-. Mátalo. ¡MÁTALO! –Vuelve a ponerse histérica por momentos. Solo dura unos segundos-. ¡Quiero que lo atrapes y le revi…!
Hago que se calle con un gesto de “eh, detente”, colocando mi mano cerca de su boca, como un poli de tráfico deteniendo un vehículo. Ella se encoge de hombros y yo llevo el índice de la otra mano a mis labios. Simulo el gesto de mi apellido. Señalo que hay alguien detrás de la barra; ella vuelve a encogerse de hombros.
Llevo la mano a la espalda y saco mi automática. Camino con sigilo, advirtiendo a la chica, por señas, que no me siga.
Quietecita ahí, pienso.
Camino con cuidado de no hacer más ruido del que ya hemos hecho. Saltar cristales nunca es fácil, pero esto está a la orden del día los viernes y sábados, así que, como dije antes: coser y cantar. No es la primera vez que camino entre cristales; y tampoco será la última.
Llego a la barra. El sigilo que llevan mis pies aumenta, y me resulta curioso decir que algo aumenta cuando la acción es justo la contraria: lenta y pausada, casi sin respirar para que mis pulmones ennegrecidos no me delaten.
-Sal de ahí –digo a la presencia que lleva molestándome desde hace rato. No la he visto aún, pero la siento. Mi voz es bastante tranquila-. No me lo pongas más difícil.
Justo al terminar, escucho una especie de lamento; alguien que respira con dificultad. Intenta reprimir el sonido, y sin embargo, lo único que hace es resaltarlo más.
Voy a acercarme. No tendrá más remedio que responder o,… Morir.
-¡No…o… dispare! –grita un hombre en cuclillas, agazapado como un gato pendiente de su roedora presa. Levanta las manos, las que tiritan como si cantase la canción de: “cinco lobitos tiene la loba, cinco…”, y su barbilla, empapada de babas como si hubiese estado comiendo sopas, tirita igual que lo hizo la de la joven.
-No…o… lo… haga, ¡POR FAVOR, SE LO SUPLICO! –Se enrabieta de pronto, y eso hace que se incorpore de un salto. Lleva la ropa destrozada, como una de mis camisetas después de pasar una buena noche de sexo fuerte. Los pantalones son como tiras de una fregona.
-¡Me…me…ATACÓ! –Sigue temblando.
-Baja el arma, Silencio –me dice la chica.
¿Órdenes de una chica?, pienso.
-¿Sabes quién es? –pregunto.
-Sí, es el dueño del establo –me confirma-. Una buena persona. Puedes fiarte de él.
-Eso lo decidiré yo –añado.
-¡NO ME MATE! ¡NO LO HAGA! –Sigue temblando.
De momento no lo haré. Solo de momento

 CONTINUARÁ..........

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martes, 10 de mayo de 2016

CRÓNICAS DEL BÚHO.

"La danza de la sangre"

           Capítulo 1

Hora de trabajar, tío, me digo mientras detengo mi vehículo en la entrada de “Villa Laguna de piedra”, el lugar en donde conseguiré aumentar mi bolsillo.
-El dinero nunca viene mal. Las llamadas de J.MBartolomé no están de más.
Quito el contacto, cierro los ojos y me recuesto unos segundos sobre el asiento. No escucho nada; el ambiente se carga de silencio, y eso me recuerda, una vez más, que es hora de trabajar. Parece que el mundo aclama mi llegada.
Abro los ojos y veo oscuridad, muy querida. Con los años me acostumbré a ella, y solo me aleja de su presencia las tenues luces a la entrada del pueblo. Me recuerdan a la escasa iluminación que se deja ver siempre en el recinto ferial del barrio. Pocas ganas de aflojar la pasta para ofrecer a los habitantes un poco de vida…
Enciendo un cigarro y dejo que su aroma me transporte a un universo de tranquilidad, como si estuviese fumando algo más que tabaco.
Al abrir la guantera me veo envuelto en un mar de recuerdos. Mis armas requieren de mi compañía: mi navaja, mi daga Matamuertos y mi automática.
-¿Habéis echado de menos a papi? –pregunto sin la esperanza de que respondan. Será mejor ponerse en marcha, no sin antes, darle un buen trago a la botella de whisky que descansa en solitario. Raspa mi garganta, la quema lo necesario y me incita a emitir un “ahagpp” del que podría salir fuego.
-Esto es vida.
Pero mi misión consiste en evitar la muerte.


*****

Salgo del coche, y nada más cerrar la puerta y respirar aire puro, procedo a repartir a mis aliadas por todo mi cuerpo. La navaja en su lugar correspondiente: en la caña de la bota izquierda; la daga, en la derecha. Y la pistola –la que recargo, apiñando los ojos por culpa del humo del cigarro que asciende y los daña- atrás, bien sujeta en la cintura.
-Esto ya lo he hecho más veces, sí.
Doy una extensa calada al cigarro a la vez que camino. Miro al firmamento y veo un redondel blanco-azulado, una bola de fuego exenta del color llamativo del infierno; sin embargo provoca esa sensación. La noche se antoja cálida, pero en su reinante tranquilidad atisbo un baile sangriento.  
“En primavera la sangre se altera”.
Es verano. No se altera, sino que más bien, se revela y desea salir a borbotones. Demasiado tiempo estancada en la carótida, y es hora de explotar, como un termómetro de mercurio sobrepasando los 43º; demasiado tiempo golpeando las paredes de la caja torácica, igual que el tambor de una lavadora salpicando agua en cada vuelta. Es hora de salir y que el mundo vea lo importante que es el interior. Cuando salga, los que no me tenían en cuenta me echarán de menos.
En mis manos está que la sangre siga recorriendo el circuito de carne y hueso, para eso me han alertado.
Llego hasta la puerta, momento en que giro la cabeza para mirar atrás, al pasado de hace segundos. Está todo oscuro; mi coche queda envuelto entre nubes negras, y solo sé que sigue allí porque yo mismo lo he aparcado, si no, podría jurar que la penumbra posee boca y se lo ha tragado.
Al mirar al frente aflora la luz; la tenue luminosidad se va ensanchando en un camino de claridad. Me deja ver los dos lados en los que se divide el pueblo: casas molineras a derecha e izquierda; la luz es tan retorcida como perfecta, dándole a las casas un toque aviejado y algo molesto para la vista.
Miro la colilla de cigarro que sostengo entre mi pulgar e índice de la mano derecha.
-Hasta aquí tu viaje.
Cambio el índice por el medio, lo empujo hacia abajo con el pulgar y suelto, como si fuese a golpear una canica. El cigarro consumido sale volando, impacta contra la casa que tengo a tres metros de mí y, al chocar, me regala unos segundos de fuegos artificiales de, esta vez sí, el color del infierno.
-Fuego…
Caliente, caliente como la sangre.
   

Capítulo 2


Me adentro por la pasarela que se presenta ante mí, y me siento como el ingrediente principal de un perrito caliente: amarillo por los lados, como el pan de molde; y luego yo, asado por el sofocante ambiente.
            -Hace una noche criminal –digo mientras me enjugo el sudor de la frente con mi brazo remangado. Cuando lo bajo, resoplo mientras miro cómo un pegote de vello destaca entre el resto creando formas enrevesadas que, si miro con atención, me hacen alucinar como si caminase por el desierto y la sed me hiciese ver espejismos.
            Es de noche pero el calor derrota mi cuerpo de igual manera que los abrasantes rayos de sol sacuden con fuerza a las cinco de la tarde. Es complicado trabajar así; me cabrea, me hace protestar y hasta gritaría de desesperación.
            Si este pueblo desierto es capaz de leerme la mente, puede abrirse la tierra y tragarme con ella. Acabo de oír un grito, un grito de desesperación, o tal vez es un grito de terror.
            Agudizo el oído y me pongo en guardia.
            Se acerca…
            A lo lejos se forma una mancha que va creciendo; es una especie de aspa. El sonido del grito se acerca junto a ella.
            -Una mujer –me digo, y efectivamente, todo lo indica cuando la veo más de cerca. Distingo su cabello bailoteando de un lado a otro en la carrera que trae; parecen las olas del mar, pero embistiendo con vivaz energía. Sus brazos apenas se mueven, son dos agarrotados palos en cruz. Lo que aumenta, y cala hondo dentro de mí, son sus salvajes gritos.
            -¡SOCORROOO! –Lo acompaña un alarido de terror que eriza el vello de mis brazos a la vez que un sobrecogedor escalofrío recorre mi espalda.
            La veo más de cerca. Viste un top y minifalda.
            Bonitas piernas, pienso en lo que la chica intenta respirar. Si continúa así, lo más fácil es que hiperventile. Tiene el rostro blanco a excepción de las lágrimas entintadas que recorren sus retorcidas facciones, como dos diluidas acuarelas de color negro.
            El rímel hace estas cosas…
            Empieza a hipar; quiere hablarme, pero no le sale nada más que grititos entrecortados, la reserva del gran aullido que venía emitiendo.
            -Es… Tiene que… Allí… -Intenta por todos los medios soltar algo en claro, pero no lo consigue. Su labio inferior tiembla, y esto hace que las lágrimas de tinta que descansan en su barbilla tiriten como si pasasen frío-. En el bar… Yo… De pronto… ¡ESTÁN MUERTOS! –Consigue gritar; se derrumba de rodillas, las lágrimas afloran con fuerza y la negrura ocupa buena parte de su cara. Su boca queda entreabierta, dando la sensación de ser un flácido pedazo de carne con dientes. Dos hilillos de baba, indecisos a romperse, unen sus temblorosos labios. Agacha la cabeza pero mantiene las manos abiertas, como haciendo Yoga pero con espasmódicos movimientos en el tronco. De pronto queda muda. No sale nada de su boca; sin embargo, el movimiento de hacer como que llora, perdura. No actúa, simplemente ya no tiene fuerzas para gritar más.
            -Venga, muñeca, tranquilízate –digo-. Respira y dime: ¿quiénes están muertos?
            -To… to (hip)… dos. – Cierra un poco más la boca e intenta respirar-. Han muer… to (hip) to…dos.
            Se incorpora. Da dos pasos adelante, luego a un lado y después a otro. No se tranquiliza.
            -Deja de moverte, me estás poniendo nervioso –advierto-. ¿Quiénes son todos? Dime qué ha pasado.
            Sigue moviéndose. No recupera el color.
            -Dime.
            -Estaba bailan…do –Recupera un poco el habla. No obstante, no deja de moverse-. Cuan…do de repente… ¡PLUM! –Se detiene ante mí. Los ojos que veo son de auténtica demente, azules como dos perlas preciosas, pero tan llamativos que da verdadero terror contemplarlos de cerca-. ¡ALGO GIGANTE HA ENTRADO Y HA DEVORADO LAS CABEZAS DE LOS…! –Deja de contarme para volver a gritar-. ¡LOS HA DESTROZADO! Se… se… se los… ¡NO SÉ QUÉ ERA ESO!
            Miro al cielo en lo que ella continúa con su historia; la tengo como telón de fondo y soy capaz de escucharla mientras contemplo la luna. Si estoy en lo cierto, sé de qué me habla.
            -¡Y BRAMABA! ¡HA SIDO HORRIBLE! Te… tenía garras. ¡GARRAS TAN GRANDES COMO TUS DOS BRAZOS! Y…y… un…
            -¿Era un lobo? –la interrumpo.
            -¿Un lobo? –repite mi pregunta-. ¡NO! ¡ESO NO ERA UN ANIMAL, ERA UNA BESTIA! ¡UN MONSTRUO!
            -Un hombre lobo.
            -¡¡NO SÉ LO QUE ERA!! Pero los ha… -Se lleva las manos a la cabeza; cierra los ojos y suspira-. Los ha matado. Era san… era sangre por todas partes. El escenario se ha llenado de sangre y… ¡HA SIDO HORRIBLE!
            -Un licántropo haciendo de las suyas… -dejo caer-. Hora de enterrarlo.
            -¿Eh? –Por fin cierra la boca. Es la primera vez que desaparece la tensión que acumula en el rostro.
            -Coser y cantar, niña. Déjaselo a un maestro. Esa bestia peluda dirá amén en poco tiempo. –Saco la pistola y la froto con suavidad.
            -Pe… ¡Estás loco! –me grita-. ¿Cómo vas a matar tú solo a algo así? ¡Se ha cargado a más de treinta personas! ¿Quién te crees que eres?
            -Silencio.
            -¡No me mandes callar!
            -Soy Jonathan Silencio.
            La chica hace caso a mi apellido. No habla.
           
             CONTINUARÁ.............

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lunes, 9 de mayo de 2016

CRÓNICAS DEL BÚHO.



CRÓNICAS DEL BÚHO I

“La danza de la sangre”


Me conocen como El Búho, mi nombre poco importa, soy el comisario de un pequeño pueblo llamado Villa laguna de piedra; no diré dónde está localizado, en verdad no quieren saberlo. 

Comienzo a escribir estas crónicas debido a la serie de sucesos extraños que han venido ocurriendo de unos meses a la fecha; los cuales, nos han hecho requerir los servicios de gente, que por lo regular jamás hubiéramos aceptado aquí. Y el temor fundado que algo pueda ocurrirme, ha hecho crecer en mí la necesidad de dejar constancia de los hechos.

Todo comenzó en el verano de 2015, acababa de celebrarse una boda; todos compartieron y se divirtieron mucho, de más está decir que la comunidad es un grupo muy bien avenido…. O eso creía. Pero una llamada de madrugada, cambió todo por completo, la señora Méndez, dueña de la panadería, llamó totalmente histérica, diciendo que alguien había entrado a su local y había sangre por doquier.

Me dirigí al sitio, después de haber llamado al Sargento Pérez, para que me apoyara, lo cual fue una muy mala idea, el chico a pesar de ser muy responsable tiene una imaginación demasiado prolífica, que nos metería de ahí en adelante en más de un problema.

Al llegar al lugar nos encontramos una escena dantesca: la panadería era el escenario de una carnicería, por un momento pensé que era una broma de algunos chicos que nos habían estado dando problemas, hasta que detrás del mostrador encontré el cuerpo… o lo que quedaba de él.

Aún no salía del shock, cuando mi móvil sonó de manera insistente; tomé la llamada solo para escuchar una serie de gritos aterradores del otro lado de la línea, el número correspondía a la casa de doña Isaura, que parecía totalmente fuera de sus cabales. Cerré la panadería y acudí de inmediato.

Al llegar a la casa, bajé del auto lo más rápido que mis años me lo permitían, empuñando el arma que no había disparado jamás (bueno, una vez si contamos cuando se me disparó por accidente y casi me vuelo un pie), y casi me doy de bruces con doña Isaura, que salía corriendo de la casa alegando que había un extraterrestre en su cuarto destrozando todo.

Mi primer pensamiento fue que nuevamente había fumado de esa “hierba medicinal” que la hacía tener alucinaciones, cuando escuché un estruendo y vi volar la ventana en pedazos y salir por ahí un….perro gigante, o algo que se le parecía.

Entendí, que me veía sobrepasado, tenía por un lado un homicidio espantoso, por otro un perro mutante o alienígena o lo que fuera, (sí, no pude evitar comenzar a pensar en sondas anales y esas cosas terribles que dicen que hacen), y ni viendo todas las temporadas de CSI, iba a sacar nada en claro, así que tomé una decisión. Conocía a alguien que podría enviarme ayuda.

Tomé mi móvil y llamé a José M. Bartolomé, el tío es escritor muy bueno por cierto, y le conté lo sucedido; él conoce de primera mano a un detective que podría ser el indicado para ayudarme con este embrollo. ¿Cómo se llamaba?, El callado, no. El mudo, uf está memoria mía…. Ahhhh Silencio, Jonathan Silencio. 

Tenía entendido que había resuelto varios casos extraños; pues más raro que esto al menos para mí no existía; Bartolomé se portó muy majo y me dijo que lo llamaría enseguida, pero que nos costaría una buena pasta, lo cual me tocó las narices, pues qué pensaba, ¿que éramos unos muertos de hambre que no teníamos para pagarle? Pues no andaba muy errado realmente, pero algo se me ocurriría. 

Regresé al pueblo, que para esas horas ya era un avispero con los chismorreos, ya se sabe “pueblo chico, infierno grande”.

No tuve que esperar mucho, recibí casi de inmediato una llamada, era el detective ese, que me habló en tono muy chulo por cierto, indicándome que venía en camino que no tocáramos nada.

Y aquí comenzó una historia muy extraña, aterradora y sangrienta, que será el mismo detective Silencio quien la cuente.

NOTA: Tomé la decisión de hacer una copia de seguridad de estas crónicas, nunca se sabe lo que pueda pasar, ¿Cuál era el mejor sitio? Un blog que me encontré navegando, (somos pueblerinos no cavernícolas, conocemos internet), lo escogí porque tiene mi apodo. Se llama “El escritorio del Búho”, la administradora me dijo que publicaría las crónicas y relatos con la única condición que se hiciera en capítulos para no saturarle el espacio del blog, menuda pesada, pero no me quedó más remedio que aceptar. 

Y está es la historia, del primer evento extraño…

CONTINUARÁ..........
Harry Potter - Delivery Owl